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Lunes. El lunes a la mañana hay que tener cuidado con la música que uno escucha. “La semana pasada una adolescente se pegó un tiro en La Plata” puede ser nuestro “Tonight a comedian died in New York.” La chica avisó en Facebook y después dejó una carta de despedida que empieza “Chau, mierdas.” No se mató. Está internada. No tengo idea si van a dar la noticia cuando muera. Quizás quede suspendida para siempre en ese pasaje mediático. (Siempre pensé que mi personaje era Rorschach, pero no, parece que es The Comedian.) Más tarde, Robles me cuenta que manda facturas para cobrar por sus trabajos usando sobres y correo y después cruza el correo y va a una librería de usados que queda cerca de la estación de subte Rosas. “Es mi momento siglo XX de la semana” me dice. Después me explica que tramitar la factura electrónica en el sitio de la Afip es muy complejo. Los libros, el dinero, los sobres, todo ese papel sigue vivo como medio de comunicación.

Martes. Viajo a un congreso en Mar del plata, que en invierno es gótica. Tiene calles con sombras, edificios altos de cemento opaco y el mar parece de mercurio. Fuera de temporada, entonces, visitamos una ciudad wagneriana, enorme, sucia, fría, que carga con todos los fantasmas del verano, con toda esa alegría sintética que deja el ocio de las clases trabajadoras. Si llegó a ser la Biarritz de América, el sindicalismo peronista la convirtió después en la ciudad de los restos diurnos, la estructura desnuda de esa masa de gente que satura todo cuando hay sol, pero después desaparece. Se dice que es una ciudad-monstruo porque nunca se puede llegar a ella por primera vez. Todos estuvimos ahí antes. De chicos. De adolescentes. De grandes. En viaje de estudios. En pareja. Con amigos. Por trabajo. Es como un pasado colectivo, tribal. Y un viejo marplatense me dijo que en todo el país conocen las calles de Mar del Plata porque la ciudad no es de los marplatenses, sino que es de todos los argentinos. Como una ultra-ciudad, como una hiper-ciudad. Por eso y por el mar, siento que tiene algo de Lovecraft. Algo quizás demasiado argentino. Algo relacionado con el fin del campo y el comienzo del mar, con ese Atlántico sur que trae el recuerdo arrasador de que no somos Europa, de que estamos muy cerca de la Antártida y muy lejos de todas partes. La mejor historia local que conozco es la de un español, un gallego, que llegó a la ciudad para suicidarse porque había perdido su familia y su fortuna durante la Guerra Civil. Escribió la carta, consiguió la soga, hizo el nudo y tardó cuarenta y siete años en colgarse. Mientras la decisión llegaba, tuvo dos familias más y ganó otra fortuna completa que sus hijos no supieron cuidar. Seguro hay historias mejores ligadas a la sordidez del casino, a la farándula, a los pescadores italianos, y a los millonarios que viven escondidos en la parte sur de la ciudad. Pero la del suicidio lento me gusta. Aparte siempre digo que confundo escenario con paisaje y paisaje con escenografía, pero es mentira.

Miércoles. LLueve en Mar del Plata. La universidad donde se hace el congreso me gusta, es soviética, funcionalista. Hay feria de libros, la mayoría de ciencias sociales. En la mesa de Prometeo encuentro El modo de existencia de los objetos técnicos de Gilbert Simondon. Dudo. Decido no comprarlo. Entro a una mesa sobre políticas en el tercer mundo. Cuando salgo, el libro se vendió. No hay más ejemplares, me dice el librero. Acto seguido entiendo que necesito ese libro y que si no lo consigo, mi vida intelectual perderá sentido de forma irremediable. El librero me ofrece ensayos sobre Simondon escritos por argentinos. Vuelvo a dudar. Pero finalmente lo compro. El libro se llama Amar a la máquina. El título ya vale lo que pago el libro.

Miércoles, más tarde. En una mesa una señora dice que la revista Nosotros era apolítica. Iba a levantar la mano y decir que el número que estuve leyendo tenía una declaración a favor de Brasil y los aliados durante la guerra. Pero me relamí masoquista en su ignorancia y en mi aburrimiento. Escuché un poco más y me fui.

Jueves. Los historiadores que son militantes políticos saben a dónde van. Los otros, los liberales, los técnicos, siempre hablan como personajes de relleno en una película argentina.

Viernes. Estación de ómnibus para volver. Un padre y hijo esperan, en silencio. Parecen sacados de un relato del midwest. Compro un café. ¿Algo más? me pregunta la chica que me lo vende. Que salga el sol, le respondo. Toda la semana con esa luz gris es demasiado. Me siento a esperar, a tomar mi café y hojear mi libro nuevo. Alguien leyó Amar la máquina antes que yo y subrayó párrafos enteros con resaltador amarillo fosforescente. Era un lector prolijo y consistente, que no se desvía a raras creatividades. Solamente la introducción de los editores y el ensayo de Simondon del principio están trabajados, y aparecen resaltadas las ideas principales, los momento cruciales. El fosforescente, entiendo, va con las obsesiones de Simondon.

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