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Libros y Lecturas

Domingo. Trabajo en el museo. Escucho a Ornette Coleman. Estoy solo. Hace frío pero salió el sol. Ayer, me emborraché un poco en el casamiento de un amiga. Recién de madrugada paró la lluvia. Me olvidé un paraguas en un taxi. La única forma que tengo de relajarme es trabajar. Leo que va a salir un libro perdido de Fogwill. Creo que Twitter también es escribir. Toda fragmentación nos pertenece. Pero no toda fragmentación es arte. Aunque el arte ya no diga nada. O más bien: ¿cuándo fue que dijo algo? Esa cosa lenta. ¿Tiene sentido leer para luego escribir? No hay otra forma, es lo que siempre digo. Pero a veces dudo. La lectura se pone entre el escritor y las palabras, distorsiona, borronea esa relación delicada. Sin ignorancia, sin ese atolondramiento, es imposible escribir nada. Leo que Naked Lunch y The shape of the jazz to come son ambos de 1959.

Domingo. Buenos Aires muy gris, con niebla. Paisajes de purgatorio en las calles. Escucho el Tristán e Isolda de Karajan. El preludio es lento, grande, de inhalaciones pesadas y melancólicas. No quiero leer nada, ni escribir nada.

Sábado. Mi hija recibe a un grupo de amigas y yo intento leer en la biblioteca. Escucho gritos, risas, fragmentos de conversaciones. Ayer visité a Sebastián Mesa en su taller. Me mostró algunas de sus obras y también una de Claudio Gallina que trabaja ahí con él. Saqué fotos. Hablamos bastante. Me volvió a citar una novela de ciencia ficción titulada Destrucción, de un tal René Barjavel. Cuando entro en contacto con artistas plásticos me lleno de una fresca indiferencia hacia el mundo. Sebastián me confesó que hacía un mes que no salía de su casa.

Sábado. Escribo una ligera viñeta crítica sobre el Bloomsday que -más allá de los risueños recorridos por Dublin, con turistas legos o fanáticos, más allá de la misma figura de Joyce, mítica, todavía algo hermética, aunque ya definitivamente pop- a mí, este día, digo, me sirve para recordar que la lengua no es ni doméstica, ni metafísica, ni institucional, es más bien mecánica y picaresca. Los avatares de la coyuntura importan, importa la serie social, importa esa risa, esa tragedia, la política, los géneros, las peregrinaciones, el mar Mediterráneo, importa Irlanda tanto como Roma, el Occidente, la provincia de Córdoba, nuestro Dublin desde Buenos Aires. (Aunque quizás a Ramiro Sanchiz le guste pensar que Montevideo sea más merecedora de ese estigma. Y quizás tenga razón.) Están, entonces, las borracheras, los equívocos, las cirugías, los padrenuestros, el judío errante, la sorna, los idiomas, sí, y está Joyce estudioso sobre los libros, o viajando hacia el sur, o escribiéndole a Ibsen en un dialecto casi perdido de la más rara Escandinavia. Y todo eso es útil. Pero la lección doble que me hace recordar el 16 de junio es que, primero está la lengua, primero que todo, como un residuo central, con ese humor tan retorcido de lo humano, y segundo está el lector, antes que el sociólogo, antes que el historiador, antes que el crítico, antes que el lingüista, antes que el estudiante, antes, mucho antes, que el silencio y el escritor. Dicho esto, mientras Argentina empataba con Islandia en el primer partido del mundial me compré por Mercado Libre un libro de Canetti que siempre me recomienda Garcés.

Lunes. Ayer vi Village of the damned, la remake que hizo Carpenter en el 95. Me gustó mucho. Muy bien narrada. La historia es clara y las actuaciones, precisas, pero hay algo más. ¿Qué? La niñez amenazante, sí. Pero no solo eso. Los niños poseídos por las fuerzas destructoras son unidos, son disciplinados, son bellos, son inteligentes, son fríos y entonces, finalmente, queremos que venzan, queremos ser seducidos y destruidos por esa juventud. Richard Reeves, que había sido superman, y Mark Hammil, que había sido Luke Skywalker, están muy bien transformados en médico protector y sacerdote. No eran cosas muy lejanas de eso Superman y el Jedi en los años ochentas. Un médico, un sacerdote. Pero los niños platinados nos cuentan una historia mejor, más profunda, con menos formalidades épicas, más negativa. Una detalle que no se me escapa: los damned leen mucho durante la película. Aparecen varias veces estudiando. Y David, el melancólico, escribe su nombre con unos cubos antes incluso de empezar a hablar.

Lunes. Sigue lloviendo. Este es el otoño más lluvioso que vi en mi vida. Hace frío. Llueve. Sale un poco el sol. Mi espalda va bien, pero tengo una alergia al frío que me vuelve loco. No me deja concentrarme. Me cuesta trabajar, escribir, leer. Parece que siempre son las siete de la tarde. La luz de las nubes en Buenos Aires es de un color ceniciento, desagradable. Hoy dormí hasta las doce del mediodía y después leí en la cama La victoria del hombre, el primer libro de versos de Ricardo Rojas. Versos horribles, polvorientos, anacrónicos, sepultados, pero por todo eso interesantes. Rojas como personaje es magnético. Quizás a él también le dolía a veces la espalda por falta de ejercicio y una mala postura a la hora de escribir.

Sábado. Intercambio mensajes con Robles. Coincidimos en que vamos a ser los últimos en tener recuerdos de una era analógica. Internet es un continente que se coloniza con torpeza pero sin pausa. Leo un viejo titular del diario El país de España: “Primer atropello mortal de un coche sin conductor.” Abajo: “Una mujer de 49 años ha fallecido en Arizona tras ser arrollada por un vehículo autónomo operado por un mando a distancia.”

Lunes. Estaba con mis hijos, viendo la televisión, y se cortó la luz. Afuera, la calle quedó a oscuras sin un solo farol. Adentro, iluminamos con los teléfonos y otras pantallas que tenían batería y todavía duraban.

Lunes. Esa gente de la filosofía que viene con sus preguntas de estudiante achispado a interrumpirnos a nosotros, los lectores. Igual, cuando Fogwill acierta es realmente bueno: “Amo a una estudiante de filosofía. Ella invita a su casa a compañeros de facultad: charlan -mis temas-, escuchan discos -mis discos- y suelen terminar haciendo el amor. En ocasiones ella graba secretamente los diálogos que preceden al inevitable desenlace y después viene con los cassettes y los escuchamos en mi equipo. Con el fondo sonoro de nuestros Wagner, Schoenberg, Mozart, Yupanqui o Decaro, escucho en esos diálogos el deseo del estudiante; un deseo de ayundantía, deseo de paper, deseo de beca, deseo de saber - para: un deseo de salvación social.”

Lunes. La semana pasada compré los nueve tomos de la Historia de la literatura argentina de Rojas. Había estado googleando y leyendo su biografía en Wikipedia y Mercado Libre me los ofreció. Los compré casi sin pensarlo a 1500 pesos los nueve tomos. Cuando me fijé quién era el vendedor, leí que se trataba de la Librería Ávila. Se dice que es la más vieja de Buenos Aires. Llegué el sábado al mediodía, afuera llovía, me envolvieron los libros. Fue casi un trámite. Esa tarde, en un viaje en colectivo, leí todos los textos introductorios del primer tomo. Cuando me bajé del colectivo y caminé por las calles de Nuñez me di cuenta que había adquirido una pequeña obsesión más. Sentí un poco de vergüenza de que un viejo intelectual polvoriento, un poco olvidado, lleno de fe en la cultura letrada y con una prosa ripiosa y anacrónica, me levantara tanto el ánimo.

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