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(Columna publicada en Diario La Nación) El presidente Mauricio Macri y la líder de la Coalición Cívica Elisa Carrió tienen una relación especial. Las últimas veces que se vieron, lo hicieron a solas. Y se dijeron todo lo que piensan el uno sobre el otro sin demasiadas vueltas. Desde que Macri asumió, llegaron a discutir con suma vehemencia más sobre personas que sobre política. Hasta llegaron a levantarse la voz. Esas charlas, y sus consecuentes decisiones, casi siempre terminaron en una suerte de empate técnico.

Carrió podría jactarse de haber logrado el desplazamiento de Daniel Angelici como operador extraoficial del jefe del Estado ante la Justicia. Sin embargo, su embestida no consiguió apartarlo de las máximas decisiones del fútbol argentino. Tampoco afectó el vínculo de los dos amigos. Ellos se ven y hablan tanto o más que antes del "veto". La diputada también podría argumentar que forzó el abandono de la candidatura de Jorge Macri a senador nacional, pero nunca podrá alardear de haberle torcido el brazo a María Eugenia Vidal, quien siempre fue amable pero muy clara con Carrió. Cuando Lilita quiso que despidiera al actual jefe de la policía bonaerense, Pablo Bressi, Vidal le respondió que lo iba a investigar: "Si le encuentro una mínima conducta irregular, lo echo", le prometió. Vidal todavía no se la encontró y Carrió sigue esperando.

También fue muy clara Vidal con quienes le acercaron la lista de pretensiones de Lilita para nominar a los candidatos de la provincia. La gobernadora se reservó para sí la última decisión del armado de listas. Carrió, cuyo olfato está intacto, supo de inmediato que "no la quería". O que no la necesitaba. La diputada dice que no lee encuestas, pero los máximos cuadros de Cambiemos no toman ninguna decisión sin revisar estadísticas. Los números, en el caso de Carrió, indican que tiene una mayor intención de voto en la ciudad que en la provincia. Y que, incluso, en zonas como la tercera sección del conurbano, su imagen negativa empata y a veces supera su imagen positiva.

Horacio Rodríguez Larreta, quien mantiene una inmejorable relación con Carrió, le presentó las cosas al revés. "Para fortalecer la ciudad necesitamos a los mejores. Y vos sos la mejor de todas." Le endulzó los oídos. Hizo un fino trabajo sobre el ego de Carrió, parecido al que practica Macri sobre ella. El Presidente siempre encuentra las palabras justas para evitar que las diferencias con Carrió se transformen en una ruptura sin retorno. Los últimos tuits que reivindican la honestidad de la líder de la Coalición Cívica fueron un gesto imprescindible para que ella no amenazara con su ida de Cambiemos.


Entre las embestidas de su aliada y las quejas del presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti, Macri a veces se siente entre la espada y la pared. Lorenzetti, ya hace tiempo, le envió al jefe del Estado una carpeta con información sobre las denuncias de Carrió, que considera caprichosas e infundadas. La carpeta incluyó su sobreseimiento en la causa por enriquecimiento ilícito y consideraciones sobre la endeblez de las acusaciones. Ni el Presidente; ni el jefe de Gabinete, Marcos Peña; ni la vicepresidenta, Gabriela Michetti, ni Vidal dudan de la honorabilidad de Lorenzetti. Macri se lo dijo claramente a Carrió. También la tranquilizó con el mismo argumento que usó Vidal para que la diputada no se sintiera desautorizada. Le explicó que si encuentra una mínima prueba seria sobre el presidente de la Corte Suprema, él mismo pedirá que se impulse el correspondiente juicio político.

En la intimidad, cuando habla sin filtro, Macri reconoce el valor simbólico y electoral que aporta Carrió para el proyecto de Cambiemos. No pretende cambiarla ni disciplinarla. A duras penas está logrando encuadrarla en la estrategia general para ganar las elecciones que vienen. "Es demasiado pasional, pero también es leal", reconoce. Para Macri, lealtad es lo que le faltó a Martín Lousteau, y por eso está ansioso por ganarle en su distrito de origen.

Algunos radicales a los que el Presidente escucha con atención le advirtieron que Carrió podría transformarse, tarde o temprano, en la nueva Carlos "Chacho" Álvarez de la coalición, el ex vicepresidente que con su renuncia ayudó a precipitar la caída en desgracia de Fernando de la Rúa. "Ni Lilita es Chacho ni yo soy De la Rúa", le atribuyen haber dicho a Macri, en respuesta a los agoreros. El conflicto y el contexto entre un hecho y el otro tampoco son los mismos. Álvarez se fue cuando se convenció de que desde su gobierno se habían pagado coimas a los senadores para votar la ley de flexibilización laboral. Macri, desde hace un tiempo, parece querer terminar con los nichos de corrupción que todavía sobreviven en el Estado. Carrió lo sabe y se lo reconoce.

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